Altavoz Bolivia
Opinión

La gestión cultural en el cuadrilátero

Jorge Luna Ortuño
Filósofo e investigador

No conozco bien la realidad de los gestores culturales en otros países de Latinoamérica, pero en cuanto a Bolivia, puedo hablar con experiencia. El gestor cultural debe tener entre diversas habilidades, también algunas dotes de malabarista, estar familiarizado con la gimnasia de ir a patear el córner y estar al mismo tiempo en el área para ir a cabecear; pertenece por derecho propio a un desnutrido grupo de hombres y mujeres que se entregan a la noble tarea de servir la mesa, traer al chef, publicitar el menú y convocar a los comensales, y sin que exista negocio alguno en este proceso, sino más bien muchas veces pérdida económica. No es un negocio muy rentable la cultura, pero en cambio no tenemos problemas en vivir en la cultura del negocio.

En la función pública aprendemos además que el gestor cultural debe ser lo suficientemente anónimo en lo que hace, su lugar no da espacio para que impongan sus preferencias o gustos personales, idealmente debe ser más una fuerza neutral, una casilla vacía, como diría Blanchot. El buen gestor sabe hacer que brillen los artistas, escritores, actores, intérpretes a los que promociona; su lugar está detrás de bambalinas. El gestor cultural no es un hacedor, no crea, ni hace a la cultura, es más alguien que conecta los puntos, hace que los que crean tengan plataformas para mostrarse, y al mismo tiempo trabaja para acrecentar la demanda de aquello que crean los proveedores.  

Hemingway, Bukowski y Kerouac son algunos de los escritores que hicieron metáforas inolvidables entre el boxeo y la escritura. “Me senté frente a aquella vieja máquina de escribir y desde entonces no he dejado de pelear”, escribía Bukowski en uno de sus cuentos. La comparación con el boxeo se antoja plenamente válida para la gestión cultural. Para mi coleto he llegado a entender que el gestor cultural debe ser también un poco como un boxeador, es decir, alguien que pelea, porque la mayoría de las veces no tiene otra alternativa que nadar a contracorriente. Peleador es alguien que convive con la adversidad. El famoso entrenador Teddy Atlas –uno de los que trabajó el estilo de Mike Tyson en sus primeros años– señala que los peleadores son un poco como los bomberos: su trabajo es afrontar el fuego, pueden olerlo, saber cuándo se está acercando, y entender que su trabajo es estar preparados, porque viven para ello, el fuego les indica que es el momento, y no les incomoda, están mentalizados para lidiar con el fuego. Ese es el trabajo. El fuego en la gestión cultural es la incertidumbre, la escasez de incentivos a la producción cultural, la inexistencia de políticas de mecenazgo instauradas desde el Estado, pero además hoy en día las restricciones todavía vigentes para eventos presenciales por la pandemia.  

Un peleador no tiene nada que ver con la imagen de Rocky Balboa en el cine, recibiendo tundas como en feria de zapallos, sino que se trata de alguien inteligente adaptable, flexible, que necesita saber cómo controlarse para esperar los momentos adecuados. Rickson Gracie, uno de los patriarcas del brazilian jiu jitsu en el mundo, describe el jiu jitsu como un arte muy parecido al surf, es decir, una capacidad de saber poner el cuerpo en un lugar medio, neutro, susceptible de sentir las variaciones de los movimientos, siendo que uno mismo no impone el movimiento, sino que se enrola en el medio de olas ya generadas, fluye con ello, no se opone sino que pasa por debajo de lo que lo afronta, y se coloca en un punto cero para poder adaptarse a cualquiera sea el escenario.

La pandemia fue este año el gran fuego dentro de la gestión cultural, más aún para los que trabajan de manera free lance y/o dependen de las actividades para pagar los sueldos y alquileres. La virtualidad acabó siendo la manera de sobrevivir. La pregunta ahora no es tanto si debemos seguir en la virtualidad o deberíamos volver a la presencialidad. Quizá la gran lección haya sido reconocer que la presencialidad está sobrevalorada. Los sistemas educativos en otros países más desarrollados ya aplican hace años formatos mixtos que combinan la presencialidad con la virtualidad; también lo hacen múltiples empresas y compañías en algunos países de Europa y Asia. La puesta en escena de ese hecho que llamamos lo artístico, requiere del cuerpo, precisa del convivio, de la misteriosa conexión con los espectadores en el espacio. Pero la gestión cultural –trabajo detrás de bambalinas– debe seguir explorando en sus procedimientos las formas de explotar la virtualidad. Y sobre todo como estrategia de expansión de la difusión de los contenidos, lo virtual multiplica la divulgación más allá de los círculos locales. Todavía estamos aprendiendo a medir esos impactos, a direccionarlos de mejor manera, a sistematizarlos. Es un momento en el que la puerta se abrió y entran ventiscas y corrientes de aire con fuerza de renovación. La situación social y económica en el país no es algo que entusiasme, pero hay que pelear, ajustar el cinturón, poner los guantes, estar listos para saltar al ring en cualquier momento, ese es el trabajo, comer granos de incertidumbre para el desayuno, hacer de ellos una parte constituyente del producto que entregamos después digerido a la sociedad.   

Fuente: Los Tiempos

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